Por: Consuelo Contreras
La verdadera estafa del streaming Por Consuelo Contreras Hubo una época en que nos vendieron el streaming como una revolución mesiánica. Netflix apareció en nuestras vidas como el libertador que nos salvaría de las garras del cable tradicional: sin contratos forzosos, sin anuncios interrumpiendo las películas a la mitad y con todo el entretenimiento del mundo por una tarifa ridícula que podías compartir con tu primo, tu vecina y hasta tu expareja. Poco más de una década después, la profecía se cumplió a la inversa: el mesías se convirtió en el opresor.
Hoy, para ver una serie medianamente relevante necesitas estar suscrito a cuatro o cinco plataformas distintas. Cada una tiene su propio catálogo fragmentado, — porque ¿apoco no es una falta de respeto que las primeras dos partes de una trilogía estén en una plataforma y la tercera en otra? —, sus aumentos de tarifa silenciosos, sus cobros extra por aumentar la calidad o por añadir a un «miembro extra» y, la ironía suprema: comerciales. Nos prometieron libertad y nos devolvieron la televisión de los años noventa, solo que más cara, sin control remoto universal y con la molesta sorpresa de que justo la película que quieres ver hoy no está en ninguna plataforma, o requiere que «la rentes por 149 pesos». Sin embargo, detrás de la trampa financiera se esconde una amenaza mucho más silenciosa: la atrofia del criterio a través del sesgo algorítmico.

¿Nunca han hecho el experimento de entrar al perfil de otro miembro de la familia y ver que es una pantalla llena de sugerencias completamente diferentes? Nos vendieron la ilusión de una videoteca infinita, cuando la realidad es que navegamos dentro de una jaula invisible. Las plataformas no te muestran su catálogo real; te muestran únicamente la fracción que su algoritmo calcula que va a retenerte más tiempo en la pantalla. Nos encerraron en una caja de resonancia que decide por nosotros qué es «tendencia». Al quitarnos la posibilidad del descubrimiento genuino —de toparnos con una película incómoda o una narrativa compleja que rompa nuestro molde—, el algoritmo altera nuestra percepción de la realidad. Nos convierte en consumidores monótonos y adiestrados, haciendo que la capacidad de autocrítica se vaya esfumando lentamente. La trampa, por supuesto, no se limita a las pantallas de la sala.

El mismo software de domesticación opera —con cinismo idéntico— en las redes sociales. Funcionan bajo la misma lógica extenuante: te obliga a pasar horas «reentrenando» tus cuentas solo para intentar delimitar qué tipo de contenido quieres ver, sabiendo perfectamente que es una batalla perdida. ¡Qué pereza tan infinita tener que educar a un sistema que deliberadamente se hace el sordo!. Buscas una maldita receta de cocina “saludable” para salir del apuro un martes por la noche y, por arte de magia algorítmica, tu inicio queda condenado a semanas de videos de comida, reels de rutina de ejercicio y otros tantos posts de autoayuda barata o la polarización en trend de turno.
Te secuestran la pantalla bajo la promesa de conocerte, cuando en realidad lo único que hacen es acotar tu mundo. Al final, nunca vas a ver de todo; solo vas a ver lo que el sistema calcula que maximiza tu tiempo de retención a cambio de tu paciencia. Y la bola de nieve no se detiene ahí; el impacto en la narrativa audiovisual es trágico. Hoy existen guiones de películas de gran presupuesto diseñados intencionalmente con «paja», largos minutos donde en realidad no pasa nada, diálogos redundantes e hiperexplicativos, creados por y para una audiencia que pretende ver películas mientras scrollea en el celular.

En lugar de educar al espectador o exigirle atención, la industria decidió arrodillarse ante el consumo de masas idiotizante. Escribir historias pensadas para ser «ruido de fondo» no solo es un insulto a la inteligencia del público, sino una puñalada directa al corazón del cine. Si la narrativa se adapta al déficit de atención en lugar de desafiarlo, ¿dónde va a parar el séptimo arte? Esta degradación embona perfecto con el trasfondo social del modelo. En un contexto económico donde la vivienda es una utopía y la estabilidad financiera parece inalcanzable, el streaming se posicionó como el «micro-lujo» accesible por excelencia.
No nos alcanza para el enganche de un departamento, pero sí para pagar la tarifa “Premium” que nos anestesia el fin de semana mientras fingimos que vemos una película, porque seamos honestos, terminando desperdiciando más de una hora tratando de elegir una que se vea más o menos decente, para terminar quedándonos dormidos a la mitad, o prefiriendo regresar al contenido confiable y de confort que hemos visto más de 5 veces. Y sí, hablo de Betty la Fea por ejemplo. Pero, ¿por qué nos mintieron? Fácil: porque el idilio del streaming ilimitado y barato era una quimera financiera. Ningún modelo de negocio sostiene la producción de miles de millones de dólares en contenido cobrando tarifas de risa y sin vender publicidad. Tarde o temprano la burbuja iba a reventar y el capital de riesgo exigiría rentabilidad real.
La televisión tradicional no regresó por accidente; regresó porque es el único modelo económicamente viable. Aún así, la culpa no es entera de las plataformas. El monstruo no creció solo: se alimentó de nuestro consumo pasivo. Aceptamos el trueque de nuestra atención por dopamina barata hasta terminar con un déficit de atención colectivo donde nada nos asombra y todo nos aburre. El streaming no mató a la televisión por cable; la disfrazó con una interfaz más bonita, homogeneizó el gusto, abarató las historias y nos convenció de pagar la factura con una sonrisa. Y la verdadera cuestión de fondo es que seguimos pagando, no por la calidad de lo que vemos, sino por la comodidad anestésica de no tener que pensar.
LA COLUMNA ES RESPONSABILIDAD DE QUIÉN ESCRIBE

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