Por: Agustin Palacio
En muchas ocasiones conocidos, alumnos e incluso familiares han cuestionado los motivos por los que llegue a dedicarme a la Psicología. La respuesta siempre va cambiando de forma. No es unívoca. Es probable que cuando conteste, no respondo con la respuesta, sino las respuestas; cada una apareciendo de acuerdo con el momento en que gravita mi vida y los recuerdos que esos instantes evocan. Es importante aclarar que al mencionar lo anterior, es probable que las respuestas dichas no produzcan tanto sentido para quien las escucha. Cuando uno dice algo, el Otro ya ha pensado con intención o sin ella una respuesta a su propia pregunta, quizás esperando que lo que dice Uno, solo venga a confirmar lo que ya ha pensado.
Dicho preámbulo me ayuda a establecer la siguiente interrogante, vagamente enunciada en el párrafo anterior: ¿por qué decidí estudiar psicología? En un principio, responderé la propuesta de buscar; en este sentido, pensándose desde la idea de aquel que hurga incesantemente, que no está conforme con lo sabido, que se encuentra en la insatisfacción de la propia falta de conocimiento y de sentido; en muchas ocasiones vaciado en aquello que busca, por tanto, con grandes elementos de desesperación en ese proceso, devorado por el tiempo y sin darme cuenta de las demandas que otro ponía en mi búsqueda. Dispondré un ejemplo de ello:
Hace algunos años al llegar el momento de la elección vocacional; en un primer momento fui atrapado por el sinfín de propuestas educativas que habitaban el entorno, escuchaba constantemente lo que otros creían que era adecuado para continuar mis estudios. Hacía exámenes vocacionales que me otorgaban un cúmulo de opciones y al mismo tiempo más dudas. Al “elegir” alguna, aparecía siempre un comentario en virtud de ello: “De esa carrera morirás de hambre”, “En esa carrera ven muchas operaciones matemáticas, no te gustará” ,“Tú tienes una virtud a la hora de comunicar, una ciencia exacta no te haría bien”, “Piensa muy bien en aquello que elegirás, porque será una inversión para tus padres”. De esta y otros más enigmas estaba lleno el camino de mi búsqueda, de profundos discursos que me envolvían en demandas que hoy por hoy lo pienso, como imposibles de abastecer, pero que en aquel momento se convertían de algún modo en prioridad. Esto mismo producía mi propia descentralización, mi letargo y disfuncionalidad. El tiempo avanzaba y las demandas cada vez eran mayores y en esa misma vía mi imposibilidad de decidir. Volviendo al tema de la descentralización, pasé de preguntarme ¿qué quiero yo? a ¿qué quieren los Otros? E incluso ¿a quién quieren los otros?
Me ahogué entre diversas carreras universitarias y exámenes de nuevo ingreso. Entre guías de estudios y conversaciones con profesionales. Buscar se había convertido en una lucha entre mi propio tedio y frustración aunado a la demanda y la expectativa del Otro.
Apreciando el ejemplo anterior, a mi poca edad no me percataba que el camino en que estaba intrincado posiblemente ni siquiera era mío. Lo caminaba y me encargaba de intentar dar firmeza en mis pasos, pero algo más lo delineaba, tanto el sendero como el fin último de este camino; incluso la velocidad y el tiempo sujeto a que se cumpliera el objetivo.
Buscar plantea una confusión entre lo tuyo y lo del Otro. Plantea algo predicho, formulado antiguamente antes de que comenzara activamente, que se instaura desde que otro dispone en ti todo aquello que anhela, que repele o que está nublado de sí; para luego encontrar una especie de lugar en el YO. Narro una especie de lugar, puesto que en un principio aquello que se dispone es ajeno al propio YO, para luego moldearlo “a su imagen y semejanza”; por lo que vamos buscando a lo largo de la vida aquello que confirme nuestro lugar en el Otro, esa herencia que nos ha otorgado sin que lo hayamos querido y sin forma de resistirnos eso nos modela y se vuelve parte de lo que se es. Sintetizando esta idea, podría concluirse que buscar es asumir la herencia del Otro en el sí mismo, sin repeler, solo confirmar su modo de presencia y asegurarse de su arropo al buscar lo que el otro perdió.
¿Por qué establezco una diferencia del elemento anterior con explorar? Porque el concepto traza la aparición de un camino alterno, aquello que parece ser una rebelión del sujeto al mandato con el que opera por el Otro, este mismo ejercido en la búsqueda. Explorar no es una renuncia a la herencia, pero si un cuestionamiento al anhelo, a la ley operante por el Otro. Es la rebelión y la aparición de la voz, donde algo más se termina colando en la palabra y en el acto que no es la asunción total del mandato, sino algo que modifica al sujeto y su propio camino. En el ejemplo anterior, la elección del estudio de grado de Psicología devino ante poner en duda los anhelos, expectativas y discursos del Otro. Si uno duda, se da la oportunidad de parar y revalorar y quizás aparece la posibilidad de estar abierto a otras respuestas, que permiten la “separación” en el camino trazado por el otro. Entrecomillo la separación, puesto que, al hablar de la herencia del Otro, no se renuncia por completud, puesto que se acepta la misma, pero con modificaciones que parten del sujeto; y esto mismo es lo que nos encara a la vida. Parar, dudar y poderte responder algo más, inaugura el sentido que en la búsqueda no emerge: el deseo.
Explorar modifica la pregunta: ¿Qué quiero estudiar? A ¿Por qué crees que quieres estudiar? La pregunta no está posicionada a averiguar la causa, sino más bien entender el sentido, el móvil del sujeto que está en disyuntiva; permitiendo aclararse a través de explorar aquello que no ha visto de sí y que podría estar anudado a la elección que plantea hacerse. Mientras que la búsqueda nos dispone a elegir un objeto determinado, en la exploración aparece el caminar por lugares no concurridos, inhóspitos en muchas ocasiones y donde paradójicamente se termina encontrando algo tuyo, como efecto de deseo. ¿Cómo aseguramos que la elección tenida es la respuesta a nuestra interrogante? No hay forma de hacerlo, solo podríamos proponer que la respuesta dada estando colmada de deseo, hace que la herencia se interiorice y cree cauces alternas, como un río que deja el camino natural para operar bajo otras líneas, otros descubrimientos y lugares impensados. El deseo propone, la búsqueda ordena.

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