Por Consuelo Contreras
Hace unos días, navegando por Substack, mi nuevo refugio, me topé con un artículo que hablaba de la última genialidad de la plataforma: la incorporación oficial de Pangram, una herramienta para medir el porcentaje de IA en cada texto publicado. Un nombre con un toque de ironía exquisita, bautizando un detector de brujería con un término que evoca un laboratorio de diseño tipográfico. Movida por una curiosidad morbosa, dije: “a veeeeer”, y decidí hacer el experimento.
Abrí carpetas con mis archivos más viejos y empecé a subir textos originales de hace aaaaños. Extractos de mi tesis, poemas y algunas de mis primeras columnas. Párrafos escritos por allá del 2008; épocas donde la única pantalla parpadeante sobre mi escritorio era la de un Word en blanco, redactados 100% de mi ronco pecho con altas dosis de cafeína encima, mucho antes de que el Clip y el Perrito de Office digi evolucionaran en estos modelos de lenguaje automatizados.
El resultado fue, por decir lo menos, desconcertante y para mí, un tanto indignantes. En varios de ellos, el dichoso software arrojaba un 54% de origen sintético, o un 94% humano, pero nunca el 100%. ¡Válgame Dios! ¿Me están diciendo que no soy humana?. Jamás me arrojó la certeza absoluta de que detrás de esas letras había una persona respirando. Me quedé mirando la pantalla con esa gracia amarga de comprobar que los algoritmos no solo son torpes para inventar culpables, sino lo suficientemente soberbios como para hacernos cuestionar nuestra propia existencia.

Y ahí vino la epifanía distópica, muy al estilo de una de mis películas de culto favoritas, Blade Runner: tal vez la prueba de Voight-Kampff ya no mide la empatía ante una tortuga abandonada en el desierto, sino la incapacidad de redactar un párrafo sin atropellar la sintaxis.
Tal vez, después de todo, los replicantes somos nosotros y no nos habíamos enterado. ¿Serían tan amables de revisar si hay un reflejo rojizo o anaranjado peculiar en mis ojos?. En el mismo orden de ideas, semanas antes, al compartirle los primeros capítulos de un proyecto literario que traigo entre manos a un colega escritor —alguien a quien, cabe resaltar, solo conozco de manera digital—, su primera ocurrencia, en lugar de debatir sobre la trama, el ritmo o la voz, fue soltarme una bomba directo al orgullo (y cito, como diría Badía): “Es importante para mí confirmar si lo hiciste con IA. Si fue así, no pasa nada, pero no es algo que yo leería. Lo siento. Si me dices que es auténtica pluma tuya, lo haré sin reservas. Porque por más que el fondo sea tuyo —narrativa existencial— mi idea era leerte a ti, a tus formas, no a la forma ultra procesada de la máquina”.
Lo sentí como un insulto directo a mi inteligencia, una manera mezquina de dudar de que una sea capaz de parir un texto con esas características sin brujería artificial de por medio. Pero bueno, el sujeto en cuestión no me conoce a fondo, así que tampoco valía la pena indignarse tanto.

Porque seamos claros: aunque utilice habitualmente estas herramientas modernas —como quien emplea un escribano de bolsillo, ese asistente contemporáneo que te ayuda a ordenar rompecabezas mentales de 1500 piezas, te ahorra la tortura del túnel del carpo y te libera tiempo para lo verdaderamente importante—, la sustancia, la mirada y las obsesiones siguen siendo estrictamente mías. Nadie más va a armar ese mapa como yo, porque no nace de un prompt perezoso ni sacado de la manga, sino de mi bagaje, de mis experiencias y de mis muy particulares demonios.
A fin de cuentas, ¿qué es la asistencia técnica sino la evolución natural del oficio? Antes se confiaba en el mecanógrafo, o en el corrector de estilo para que la estructura material fluyera; hoy tenemos un andamiaje digital que acelera el proceso mecánico. Pero la herramienta no te otorga el alma. Me queda claro que las IA han construido su lenguaje a base de masticar millones de ensayos, tesis y toneladas de información académica alojada en internet.
Por eso escriben tan “correcto”… tan formal y pulcro que, irónicamente, sus textos terminan sintiéndose completamente huecos, estériles y carentes de personalidad, por más que luego intenten compensar esa sequedad existencial saturándolo todo con emojis jajaja. Pero aquí es donde la discusión se embarra de una hipocresía puritana insoportable. No se trata de satanizar a la inteligencia artificial —todos los extremos son malos—, sino de exponer el doble estándar moral con el que se juzga la creación hoy en día.
Nos hemos vuelto una sociedad de inquisidores digitales que se rasgan las vestiduras exigiendo una pureza mística y artesanal que jamás ha existido, como si usar un procesador de texto o una asistencia algorítmica para ordenar ideas fuera una traición al espíritu humano. Pretender que escribir sin tecnología de apoyo te hace más «puro» es de una ingenuidad insultante; es el equivalente moderno a criticar a un cineasta por usar un programa de edición digital, en lugar de revelar celuloide a mano en un cuarto oscuro, o cuestionar a un arquitecto por abandonar el tiralíneas.

Esa sospecha ligera, ese reflejo inmediato de invalidar la capacidad ajena por el simple miedo a lo nuevo, me trajo recuerdos de Vietnam. En la universidad, llevé una materia de Comunicación Organizacional; como proyecto final nos encargaron desarrollar de cero una empresa completa: misión, visión, manuales, valores y todas esas cosas del diablo.
Por tiempos, por control obsesivo y porque sabía perfectamente que podía hacerlo, decidí aventarme el proyecto “en solo”, aun cuando teníamos la opción de hacerlo por equipos. Cuando la profesora me devolvió el trabajo, vi la portada toda rayoneada con una pregunta inquisidora: ¿Estás segura de que lo hiciste tú? Uuuuuuuy, no se imaginan el perro coraje que me dio.
En esa época —mucho antes de que existiera la IA generativa— la sospecha no venía de un código informático, sino del reflejo automático de dudar cuando alguien se atreve a hacer algo complejo y estructurado sin pedir permiso. Sentí exactamente ese mismo gancho al hígado, la misma rabia sorda de ver que la mediocridad siempre intenta invalidar el esfuerzo individual porque el estándar común está demasiado acostumbrado al piso. Pero bueno, eso lo puede ir uno tratando en terapia.
El problema real empieza cuando estas anécdotas dejan de ser meros ejemplos aislados y se convierten en un síntoma recurrente de nuestra descomposición cultural. Porque claro, debido a mi formación como comunicóloga y a varios traumas de la infancia jaja, tengo una obsesión incorregible con la gramática, la sintaxis y el ritmo. Aunado a una constante inevitable: mi querencia por la minuciosidad descriptiva. Me encantan los incisos interminables, las acotaciones innecesarias y sobre explicativas protegidas entre guiones largos, los corchetes que desvían la ruta principal del pensamiento porque suelo divagar demasiado, y el uso de palabras deliberadamente sofisticadas —por no decir domingueras—, solo porque disfruto la magia del lenguaje, porque me gusta explorar los límites de la retórica y la elegancia formal. En pocas palabras y como dicen algunas de mis amistades: “por mamadora”.
Pero resulta que en la era de la paranoia algorítmica, redactar con rigor, estructura y vocabulario preciso se ha vuelto sospechoso. Vivimos tan acostumbrados a la prosa plana, descafeinada y producida en serie que arroja la inmediatez digital, que cualquier atisbo de pensamiento complejo es inmediatamente archivado bajo la categoría de falso. Y aquí es donde el fariseísmo cultural cruza la línea de lo peligroso.

La gran conclusión a la que nos empuja esta cacería de brujas es absurda y aberrante: para probar que somos humanos, vamos a tener que empezar a tolerar la imperfección simulada. ¿Cuál es el siguiente paso? ¿Dejar a propósito errores de dedo, faltas de ortografía, descuidos sintácticos y frases cojas solo para que un algoritmo mañoso y un lector con pereza mental respiren tranquilos sabiendo que del otro lado hay alguien tan descuidado como ellos?
No gracias. Me niego rotundamente. Lo que estamos presenciando es la culminación de aquel viejo diagnóstico de la Escuela de Frankfurt sobre la Industria Cultural, pero con una vuelta de tuerca perversa. Antes, la crítica apuntaba a cómo los emporios masificaban contenidos planos para adormecer a las masas.
Hoy la pinza se cierra desde el fondo: el emisor también es castigado si se atreve a exigirle algo al receptor. El sistema nos exige un acto de sumisión estética. Si te atreves a escribir bien, si te niegas a renunciar a la profundidad o al estilo, el entorno asume que hay un robot detrás, porque el estándar general se ha empobrecido tanto que la inteligencia parece un producto de laboratorio. Nos quieren nivelar por lo bajo.
En mi trinchera diaria como docente, frente a aulas universitarias donde la batalla principal es justamente evitar que los consumidores se conviertan en audiencias completamente adormecidas e idiotizadas, esta exigencia me parece una afrenta directa. Mi misión —nuestra misión, si nos queda algo de dignidad intelectual— no es adaptarnos al fondo de la cubeta, sino arrastrar al lector hacia arriba. Si escribir decente, con estilo y con método hoy me hace parecer una IA, que duden.
Prefiero mil veces que Pangram y sus algoritmos sospechen de mi prosa a tener que mutilar mi pensamiento para encajar en el promedio de una época que le teme al esfuerzo mental. Que la máquina corra sus pruebas. Yo me quedo con mis guiones largos, mis palabras rimbombantes y mi derecho a no pedir disculpas por pensar y escribir como me dé la gana. Total. Si en unos años descubro que al final sí era una replicante, al menos me quedará la satisfacción de que viví mi vida falsamente humana al máximo. He dicho.

ESTA COLUMNA ES RESPONSABILIDAD DE QUIEN LA ESCRIBE.

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