- Las instalaciones y recursos tecnológicos también marcaron la diferencia en la experiencia universitaria en la Universidad de Medellín, Colombia.
- Conocí personas que se volvieron parte de mi familia y a pesar de que no los veo en físico, seguimos teniendo contacto.
Haide Ambriz Padilla/ Torreón, Coahuila.
Salir de la zona de confort, cambiar de país y adaptarse a nuevas formas de aprender no es sencillo, pero para Ximena Aguirre fue una experiencia que marcó su formación académica y personal. Estudiante de Arquitectura, Ximena cursó su séptimo semestre en la Universidad de Medellín en Colombia, y en este 2026, ya en octavo semestre, asegura que el intercambio superó todas sus expectativas.
Durante su estancia, Ximena no estudió Arquitectura de manera directa, los estudios se enfocaron en Diseño y Gestión de Espacios, un programa que está totalmente vinculado con su carrera. “Todo tiene que ver con Arquitectura, cien por ciento”, afirma. Cursó cinco materias, entre ellas proyectos especulativos, gestión y una asignatura enfocada en tesis, la cual desarrollaba de manera simultánea entre Colombia y México.
Uno de los aspectos que más destaca es el nivel académico y la forma de enseñanza. Muchos de los profesores, además de ejercer, son investigadores, lo que genera una dinámica distinta en el aula. “No te dicen qué pensar, te preguntan por qué llegaste a esa conclusión. Te guían a investigar y a defender tus ideas”, explica. Para Ximena, esta metodología elevó el nivel de sus proyectos y la llevó a profundizar temas como la Arquitectura con enfoque de Género.
Las instalaciones y recursos tecnológicos también marcaron la diferencia: talleres equipados para maquetas, clases grabadas, salones híbridos con cámaras y micrófonos, y la posibilidad de tomar clases en línea en caso de ser necesario. “Es una facilidad increíble, aunque eres consciente de no abusar de ella”, comenta.
En lo cultural, el choque fue menor de lo esperado. Aunque extrañó la tortilla, el chorizo y el picante mexicano, la cercanía cultural latinoamericana hizo más llevadera la adaptación. Medellín, asegura, se distingue por su gente cálida y amable. El principal reto fue el lenguaje cotidiano: palabras como “parchar” o expresiones para referirse a productos comunes provocaron confusión y anécdotas divertidas.
En cuanto al turismo, Ximena aprovechó al máximo. Visitó la Comuna 13, el Pueblito Paisa, el Parque Botero, el Palacio Nacional y varias playas del país. Entre ellas, Capurganá, una playa selvática que describe como espectacular, desde donde incluso caminó hasta Panamá, cruzando hacia Playa La Miel. Aunque reconoce la belleza natural de Colombia, confiesa que las playas mexicanas siguen siendo sus favoritas.
Más allá de lo académico y turístico, Ximena resalta el vínculo humano que se crea en un intercambio. Viajó sola, pero formó un grupo cercano con estudiantes mexicanos, colombianos y alemanes, amistades que hoy considera “de vida”. “En un intercambio, esas personas se vuelven tu familia”, dice. Actualmente mantiene contacto con todos y ya planea nuevos reencuentros.
Al ser cuestionada sobre si recomienda la experiencia, su respuesta es clara: sí, sin dudarlo. Y no se queda ahí. Ximena asegura que quiere seguir viajando, ya sea para estudiar o trabajar. “Si puedo ir a conocer y aprender en otro lugar, claro que lo haría”, concluye.
Su historia confirma que los intercambios no solo enriquecen la hoja de vida del estudiante y la experiencia profesional, que transforman la manera de ver el mundo.
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