Por Consuelo Contreras
Aproveché estas vacaciones para ver, de un solo tirón y por segunda vez, la serie El cuento de la criada (The Handmaid’s Tale). La había visto años atrás, cuando recién salía al aire y casi nadie le prestaba atención porque se percibía como una distopía exagerada. Volver a verla hoy, en maratón y con el entorno actual, me supo completamente distinto. Con el reciente interés que ha generado la secuela
(Los testamentos / The Testaments), la historia de Gilead ya no se siente como ciencia ficción lejana, sino como un análisis que debería ser pieza de estudio obligatorio en las escuelas. Resulta terriblemente vigente.
En la serie, la teocracia autoritaria no se instaló de la noche a la mañana con tanques; empezó de forma quirúrgica: congelando las cuentas bancarias de las mujeres, retirándolas del mercado laboral y prometiéndoles «seguridad» y «protección» a cambio de su sumisión.
Por eso, cuando uno ve en las tendencias de redes sociales el fenómeno tradwife (las «esposas tradicionales») —mujeres jóvenes con vestidos florales horneando pan de masa madre y promocionando la paz de la dependencia doméstica—, resulta imposible no conectar los puntos. Y la alarma se enciende por completo cuando figuras mediáticas ligadas a esta corriente, como la estadounidense Erika Kirk, cruzan la línea y sugieren abiertamente que la democracia funcionaría mejor si se restringiera o eliminara el voto femenino. La estética deja de ser un
pasatiempo inofensivo y se revela como lo que realmente es: un caballo de Troya geopolítico y financiero.
Que no nos confundan los filtros pastel. La narrativa que busca retirar a la mujer de la esfera pública no es una ocurrencia de TikTok; es un cálculo de poder.
Las matemáticas electorales en Estados Unidos son frías: en las últimas contiendas, el bloque demográfico compuesto por mujeres —en especial jóvenes, universitarias y latinas— ha sido el freno más constante y decisivo contra las agendas de la derecha más radical. Cuando un grupo político descubre que es incapaz de convencer a un electorado que rechaza sus propuestas, la tentación antidemocrática no es seducirlo, sino desactivarlo. Romantizar el retiro de la vida pública y deslegitimar la participación política de la mujer es la estrategia cultural
perfecta para desmovilizar el voto que les incomoda.
La historia —y la geopolítica real— nos recuerdan que el primer síntoma de un régimen acorralado es el despojo de la autonomía femenina. El proceso de borrado de las mujeres en Afganistán no fue un simple arrebato religioso; fue una reestructuración económica y social para someter a una población entera devolviendo a la mitad de los ciudadanos al trabajo de cuidados no remunerado y sin derecho a voz ni voto. El pretexto siempre se empaqueta igual: «protección», «moral» o «retorno a la tradición».
El problema es que la trampa funciona porque se alimenta de una herida real: el agotamiento del modelo económico actual.
La lucha feminista conquistó el derecho a la autonomía financiera y al trabajo digno. Sin embargo, el capitalismo feroz distorsionó la victoria: hoy, dos sueldos ya no alcanzan para sostener el costo de vida básico. Ante la aplastante doble jornada —el empleo precarizado más la carga del hogar—, el discurso tradwife vende la ilusión de un oasis de descanso: «deja que él provea y tú quédate en casa».
Lo que no advierte la letra chiquita de ese contrato es que renunciar a la autonomía económica es ceder, inevitablemente, la libertad de decisión. Una mujer sin ingresos propios ni peso político no está siendo «protegida»; está siendo acorralada.
No se trata de juzgar a quien decide por convicción dedicarse al hogar y a la crianza; la libertad de elección es el corazón de la autonomía. Yo misma decidí ser madre, pero con la mentalidad clara de no querer abandonar mi carrera profesional. De lo que se trata es de señalar la cuestión de fondo: el intento de vender la pérdida de derechos como un remedio contra el cansancio económico.

Ceder el voto, la cuenta bancaria y el criterio propio bajo el pretexto de una vida más apacible no arregla la economía ni cura el estrés moderno. No olvidemos que la gran mayoría de nuestras libertades y derechos —y no hablo únicamente de los de las mujeres, sino de los avances civiles de toda la sociedad— han tomado décadas de lucha sangrienta para construirse, pero bastan apenas unos segundos
de apatía para verlos derrumbarse. Los derechos no son concesiones eternas del sistema; son el resultado de minorías incómodas que se negaron a callar.
Aceptar la sumisión empaquetada como tendencia no nos traerá paz. Solo nos devolverá a un pasado donde las decisiones sobre nuestro cuerpo, nuestro dinero y nuestro futuro las tomaba alguien más. Y esa factura siempre se paga demasiado cara.
Fotos tomadas de Internet y del Voces del Desierto de UAL.
LA COLUMNA ES RESPONSABILIDAD DE QUIEN LA ESCRIBE.

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