Por Francisco Jacobo Díaz Sepúlveda

«La racionalización y la intelectualización crecientes no significan un mayor conocimiento general de las condiciones de vida, sino algo muy distinto: la creencia de que, si se quisiera, se podría entender en cualquier momento».

— Max Weber, El político y el científico.

Parece que la educación superior en América Latina está cruzando un punto de no retorno. En la carrera frenética por no quedarse atrás o fuera de lo que puede generar la IA, las universidades están entregando las llaves del aula a una herramienta que ni sus propios operadores comprenden en su totalidad. La narrativa oficial celebra la adopción tecnológica, monitoreando su adopción como un triunfo innegable hacia el éxito económico. Pero incluso los datos y estudios que van surgiendo desde esta narrativa, como la Encuesta sobre la IA en la Educación Superior en América Latina 2026 del Digital Education Council, muestran el riesgo de operar algo que no comprendemos. Es como soltarle unas tijeras a un niño muy pequeño, que no comprende cómo funcionan, ni el daño que pueden ocasionar. Se podría cortar y sangrar, pero el problema en el caso de la IA es que las herramientas, muy por encima de las tijeras, son muchísimo más potentes. Además de que le otorgamos una toma de decisiones que no esta capacitada para hacer o realizar, aunque nos quieran vender que sí.

La masificación y utilización de esta herramienta es un hecho estructural irrefutable. En la región, el 92% de los estudiantes y el 79% del profesorado ya utilizan activamente esta tecnología en su hacer académico. A simple vista, dentro de la narrativa tradicional, es el éxito garantizado. Pero la trampa radica en confundir el acceso al consumo con el dominio y comprensión de la técnica, así como su sentido. Estamos frente a una maquinaria potentísima operada por individuos que podrían tener los ojos vendados: el 45% de los estudiantes y el 34% de los académicos admiten estar apenas en un nivel básico de comprensión sobre cómo funciona realmente la inteligencia artificial, sin embargo, la utilizan, consumen y tratan de implementar dentro de lo educativo.

Aquí es donde la racionalidad instrumental que advertía Weber cobra sentido. El sistema, la narrativa y publicidad nos empujan a utilizar la herramienta exclusivamente por su utilidad inmediata y beneficios, pero sin exigirnos entender la “caja negra”, como los mismos protagonistas la nombran, que produce esos resultados. Estamos pasando el proceso de pensamiento y reflexión individual y colectiva al de un algoritmo, generando un vacío crítico alarmante, pero un vacío que parece a nadie preocuparle. Las cifras recientes muestran lo que podría ser la autopsia y muerte de nuestro criterio: más de la mitad de los estudiantes universitarios reconoce tener dificultades para evaluar críticamente los contenidos generados por la IA. Y en el caso de los profesores un poco más de la mitad, el 55% confiesa carecer de los criterios y juicio crítico para cuestionar la información generada por la IA.

Si el estudiante no puede auditar el resultado de la máquina, y el profesor carece de la competencia técnica para cuestionar el proceso cognitivo del estudiante, nos encontramos atrapados en el bucle infinito perfecto. Es la estandarización absoluta del saber. Puede ser el sueño de la eficiencia corporativa, pero también puede ser un saber que sin la fricción necesaria nunca tenga sentido para el maestro y el alumno. Pueden y van a mejorar las notas y rendimiento en el corto plazo, eso es indudable, pero en el camino y trayecto de fondo veremos una pérdida de sentido del saber y conocimiento desarrollado.

Paradójicamente, los propios actores del sistema son conscientes del abismo al que se asoman. El 65% de los universitarios teme que esta tecnología convierta su aprendizaje en un proceso superficial, aniquilando su pensamiento crítico y su creatividad. Del otro lado del escritorio, el 76% de los académicos expresa una profunda preocupación por la dependencia excesiva que los jóvenes están desarrollando hacia la IA.  Pero a pesar de estos temores el 54% de los estudiantes confiesa que se sentiría decepcionado si las instituciones decidieran prohibir la herramienta.

Sabemos que el consumo rápido destruye la estructura, ya lo hemos vivido con otros cambios, como la incorporación del teléfono celular en ambientes académicos, pero somos incapaces de renunciar a la conveniencia de la inmediatez, aunque no me gusta el término aplica aquí, el mentado FOMO. Sabemos que la IA, sin una comprensión profunda atrofiará la mente humana, pero el mercado nos ha convencido de que la velocidad es más valiosa que la verdad, sobre todo cuando tenemos cientos de medios y opiniones que apuntan a esto.

            El aprendizaje es una de las cosas más complicadas de evaluar, a todos nos ha pasado recordar una circunstancia que vivimos dentro de las aulas años después. Alguna herramienta o vivencia que después, cuando tuvimos la madurez o la circunstancia propicia pudimos comprender adecuadamente, y aplicar. Aquí radica la esencia y belleza del aprendizaje como una semilla, una que no se puede estandarizar, y que requiere diferentes tiempos y circunstancias para germinar, dependiendo de la persona y de sus circunstancias.

Pero también aquí yace la tragedia estructural: la inteligencia artificial, por diseño corporativo, es la máquina antifilosófica perfecta. Está programada para entregar respuestas inmediatas y estandarizadas, o con variaciones mínimas, aniquilando desde la raíz la necesidad humana de preguntar, de dudar y de asombrarse, el asombro antecede la duda, falta la certeza a el aburrimiento y carencia de sentido. Al delegar nuestra capacidad de cuestionamiento, el escenario nos arroja interrogantes ineludibles: ¿Qué sucede con la mente de una generación a la que se le entregan todas las respuestas antes de haber formulado siquiera las preguntas? Si el saber pierde su fricción dialéctica para convertirse en un simple dispensador de datos predictivos, ¿estamos formando sujetos capaces de transformar su realidad, o simplemente usuarios ciegos operando la misma máquina que los controla?

LA COLUMNA ES RESPONSABILIDAD DE QUIÉN ESCRIBE.

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