Tania Campos Canseco

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Mientras me tomo un café calientito en una noche de estas frescas de noviembre, y le doy un alivio temporal a mi garganta irritada (de tanta clase), me dediqué a terminar de releer un librito que la primera vez que lo encontré hizo que me cayeran muchos “veintes” acerca de la vida.

Hace unos 15 o 17 años, vagando por Soriana, haciendo tiempo para recoger a alguno de mis hermanos en sus múltiples ocupaciones de adolescentes, me encontré en el pasillo de “literatura sorianera” un libro que me capturó no tanto por su portada, como por su contraportada, el título: “Martes con mi viejo profesor” de Mitch Albom.

He de confesar que al ser “literatura sorianera” no esperaba gran cosa del libro, pero como siempre dicen: nunca juzgues un libro por su portada. Así pues, me sumergí en la lectura de este libro maravilloso que nos va llevando de la mano a descubrir los secretos de la vida, paradójicamente a lado de un anciano profesor aquejado por una terrible enfermedad degenerativa llamada Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA para los “compas”) que poco a poco se va acercando a la antesala de la muerte.

El libro va del pasado al presente a través de flashbacks un recurso muy utilizado en el cine, pero que en la literatura también tiene cabida, y vamos asistiendo “sin querer” a los últimos días de vida de un retirado profesor de sociología de la universidad de Brandeis, guiados por uno de los pupilos que tuvo durante su brillante carrera como catedrático.

Así es como nos encontramos con un Mitch Albom adulto, enfrascado en sus problemas, siendo periodista deportivo, corriendo de un lado al otro del globo terráqueo para dar cobertura a la mayor cantidad de eventos deportivos disponibles, y poder cumplir así con el periódico, y la radio con quienes tenía compromisos fijos.

Una tarde ante el televisor, se entera de que su antiguo profesor al que tanto admiraba, se está muriendo, tiene una rara enfermedad que hasta la fecha no tiene cura llamada ELA, así que, entre su apretada agenda, saca un tiempo para ir a visitar a su “entrenador”.

Mientras va y viene entre los eventos deportivos y las visitas a Morrie Schwarz, se da cuenta de pronto que vuelve a estar cursando una asignatura con su profesor, la materia se llama “El sentido de la vida”.

Consciente de que cada martes que acude a casa de Morrie, la muerte es una presencia más inminente, decide por fin en una de sus visitas cargar con una grabadora e intentar documentar lo más posible de las enseñanzas de vida de su viejo profesor.

Entre temas tan diversos como el mundo, la lástima por uno mismo, el arrepentimiento, la muerte, la familia, las emociones, el miedo a la vejez, el dinero, la permanencia del amor, el matrimonio, la cultura, el perdón y el día perfecto, vamos acudiendo a un encuentro entre alumno y maestro, entre jugador y entrenador que nos llena de perlas de sabiduría dignas de ser reproducidas y llevadas a la vida a pie juntillas, a continuación citaré algunas de ellas, con la idea querido lector, querida lectora, de acercarte a este pequeño libro que es grande en enseñanzas y sobre todo, que de alguna u otra manera desborda amor:

“Morirse no es más que una de las cosas que nos entristecen, Mitch – dijo Morrie de pronto -. Vivir infelices es otra cosa. Muchos de los que vienen a visitarme son infelices.”

¡Cuántas veces nos lamentamos de nuestra vida, no nos damos cuenta de lo afortunados que somos! A veces puede más la cultura de la queja que la del agradecimiento y la benedicencia.

“La manera en que puedes aportar un sentido a tu vida es dedicarte a amar a los demás, dedicarte a la comunidad que te rodea y dedicarte a crear algo que te proporcione un objetivo y un sentido”

Todos estamos llamados a vivir en comunidad, para eso, es necesario ser capaces de amar a los demás, de hacer por la gente que te rodea algo que le dé sentido a tu existencia, no cosas que al final de los días nadie recordará si hiciste o no.

“Que lo más importante de la vida es aprender a dar amor y a dejarlo entrar(…) Creemos que no nos merecemos el amor, creemos que si lo dejamos entrar nos volveremos demasiado blandos. Pero un hombre sabio que se llamaba Levine lo expresó certeramente. Dijo:<<El amor es el único acto racional>>”.

Dejar entrar al amor… qué sencillo, qué poderoso, qué difícil, porque justo creemos que expresar afecto nos “debilita”, cuán equivocados estamos. El ser humano está creado para el amor, para amar, para recibir amor.

“Un maestro afecta a la eternidad; nunca sabe dónde termina su influencia”

Con esta cita cierro esta columna, a sabiendas de que en la vocación de la docencia he encontrado el camino para permanecer, puede sonar un poco exagerado, egoísta, petulante, pero sabes una cosa, creo firmemente que todos buscamos de alguna u otra forma trascender, ojalá lo logremos y ojalá que sepamos ir dejando en nuestro camino más personas capaces de amar, de ver a los demás, de escuchar a sus semejantes, de ser verdaderamente humanos.

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