Tania Campos
Cuatro Ciénegas de Carranza es uno de los pueblos mágicos de Coahuila que he tenido la fortuna de visitar en varias ocasiones, un lugar donde parece que el tiempo se ha quedado congelado en la profundidad y belleza de sus pozas, o en sus increíbles dunas de yeso, o simplemente en la paz y quietud que se respira en el pueblo.
La primera vez que estuve por ahí fue con motivo del Festival del Globo y de la Mariposa Monarca que se llevó a cabo en 2014. La ciudad es tranquila, bonita, con ese encanto que tienen los pueblitos que se saben lejos de las grandes ciudades.
Recuerdo sus cerros especialmente el “Cerro del Muerto”, sus atardeceres, su capilla de San José, erigida en 1808, enmarcada por unas palmeras altísimas en la acera y justo al frente de la plaza de armas, siguiendo el trazado de las villas españolas. La capilla por dentro es muy sobria, destacan los colores tierra, y en el altar principal se encuentra a lado de un crucifijo, la imagen de San José tomando de la mano al niño Jesús. Me llamó la atención un cuadro antiguo de la Virgen María que tiene aires de iconografía griega.
Por el otro lado de la plaza de armas, encontramos la presidencia, un edificio que alberga murales que nos cuentan un poco de la historia de esta pequeña ciudad coahuilense, retratan desde la época de la conquista, el mestizaje, el trabajo de los indígenas y de los campesinos (más actuales), y por supuesto, no puede faltar la imagen del Barón de Cuatro Ciénegas, don Venustiano Carranza, que por cierto también tiene una escultura adornando la plaza de armas.
El día que iban a echar a volar los globos, recuerdo que nos levantamos muy temprano, y salimos a la calle a buscar algo para desayunar antes de irnos al campo donde veríamos aquellos gigantes elevarse gracias al aire caliente que alimentaba sus barrigas, pero para nuestra sorpresa, el pueblo seguía dormido, ni un puesto de gorditas, ni barbacoa, ni siquiera una menudería o una panadería abierta, con tan mala suerte y tanta hambre, ya hasta nos estábamos enfadando, hasta que en un descuido, doblamos por una calle donde salía el delicioso aroma de las tortillas de harina recién hechas, primero, nos cercioramos de que no fuera una casa donde estuvieran echando las de harina para el desayuno, y viendo que era una fábrica de tortillas, pedimos un paquete de tortillas calientitas, recién hechas y eso mismo nos desayunamos (taquitos de aire, pero eso sí, recién hechos).
El espectáculo de los globos en el cielo nos dejó boquiabiertos, eran unos 50 de diferentes colores, volando a distintas alturas, y haciéndose chiquitos a nuestra vista conforme se elevaban. Algunas personas pagaron un vuelo, nosotros no, nos quedamos como bobos mirando al cielo, y disfrutando la vista. Recuerdo que esa mañana amaneció fresco, y los suéteres salieron en todas las fotos.
Por la tarde de ese día, ya con algo de calor, pedimos recomendaciones de nieves, y llegamos a una nevería sobre la calle principal, cuyo sabor de temporada era la nieve de mariposa monarca (yo también me asusté), pero no crean que tenía pedacitos de ala de mariposa, era una nieve de naranja, si mal no recuerdo, que por el color recordaba al de las mariposas, el otro sabor que tenían y que no he encontrado en otro sitio es la nieve de granada, la verdad es que pensé, cuántas granadas tendrían que desgranar para hacer cada vasito de nieve, pero no pregunté, dicen que estaba buenísima, había muchos más sabores pero todos esos un poco “más normalitos”.
Al día siguiente partimos rumbo a la Poza Azul, tesoro de Cuatro Ciénegas, que conserva algunas formas de vida de hace cientos de años, siendo las más antiguas los estromatolitos, estructuras minerales formadas por microorganismos que entre otras cosas dan su hermoso color azul a la Poza Azul, pero también conviven dentro de las pozas y en los desiertos a su alrededor distintas especies como la mojarra de Minckley, la tortuga negra acuática y la tortuga bisagra (por mencionar algunos). De los habitantes que más me gustaron de la poza fueron sin duda los reptiles, vimos varias especies de lagartijas asoleándose entre los maderos que delimitaban las zonas donde podíamos andar. Los pastizales con sus flores amarillas y los muelles, sin duda también tienen su encanto. Además, hay que recordar que ese festival se llevó a cabo en octubre y la vegetación empezaba a teñirse de tonos otoñales.


Otro de los sitios que se habilitaron recientemente para los turistas es la antigua marmolera, donde puedes encontrar además de formaciones rocosas muy bonitas, hasta la réplica de un esqueleto de T-Rex que parece haber quedado cautivo entre las piedras. En este lugar en años recientes se han organizado conciertos a la luz de la luna y las estrellas (que, por cierto, tengo pendiente asistir a alguno).
Para cerrar esta columna te diría que cuando tengas oportunidad te escapes a Cuatro Ciénegas a tan solo 3 horas de camino desde Torreón, un lugar que vale la pena conocer, y dedicarle un fin de semana, si tienes vuelta para allá recuerda que todos los parajes naturales deben preservarse en su totalidad, recuerda no tirar basura (ni dejarla botada por ahí), si nadarás en alguno de los ríos recuerda que debes usar protector solar ecológico, que no dañe las especies endémicas que ahí se encuentran, y sobre todo, ve con la idea de abrir tu mente y disfrutar, llenándote los ojos y la memoria de recuerdos inolvidables.



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