Por: Consuelo Contreras

Alguna vez lo dije en una entrevista y hoy lo sostengo con más fuerza que nunca: ser emprendedor no es para todos, y eso está perfectamente bien. Nos han inculcado el dogma de que el éxito equivale a crear una marca, vender productos en redes sociales o volverse «creador de contenido».

Se ha romantizado la idea de que ser empleado “Godín” es una especie de fracaso personal, impulsando a miles a saturar el mercado con iniciativas improvisadas, que responden más al deseo de esquivar un horario de oficina que a un modelo de negocio viable.

Total: si en un trabajo “estable” no tengo prestaciones de ley, no me voy a jubilar con una pensión decente y de paso toca soportar hostigamiento laboral, mejor me autoexploto. ¿No?.

Las cifras no mienten: de acuerdo con el INEGI, el 75% de los emprendimientos en México fracasa antes de cumplir los dos años de vida, principalmente por falta de planeación y liquidez. El autoempleo de supervivencia no es innovación; es fragilidad financiera empaquetada con estética instagramera.

No es de extrañar que durante la pandemia más de un vecino empezara a vender hamburguesas de la noche a la mañana en su cochera, o que hoy en día el mercado de las nenis abunde en redes sociales. El trasfondo de este fenómeno no es el cliché perezoso de la «generación de cristal» que “ya no quiere trabajar” —aunque algo haya de verdad en eso—, sino la ruptura de un pacto social y el colapso del sistema educativo.

Si conjugamos esas dos variables, cualquiera se rehusaría a trabajar. Durante décadas, la promesa fue que una carrera universitaria garantizaba movilidad social. Hoy, los indicadores del sector educativo muestran una caída alarmante en los índices de inscripción y permanencia en la educación media superior, donde menos de la mitad de los jóvenes que inician la educación básica logran concluir el bachillerato; así que ya ni hablemos del nivel superior. La juventud no está abandonando las aulas por apatía, sino por desencanto: ven a un sistema educativo petrificado, ofertando planes de estudio obsoletos que no responden a las necesidades reales del mercado actual, ni a las habilidades que exige la economía moderna.

Sobre todo, porque hoy en día, las vacantes laborales pretenden sintetizar en un solo puesto el trabajo que corresponde por lo menos a tres personas distintas. A esto se suma la precarización: en un país donde más de la mitad de los profesionistas trabaja en la informalidad o percibe ingresos que muy apenas rondan los dos salarios mínimos, no es sorpresa que los jóvenes duden del valor de un título.

Resulta increíble que existan puestos de trabajo que siguen recibiendo prácticamente el mismo sueldo que hace ocho años. Sin embargo, la solución que elegimos como sociedad fue trágica: cambiar la formación sólida por la inmediatez.

El resultado es una crisis silenciosa de rigor técnico. La experimentamos cuando acudimos a una consulta médica y nos topamos con diagnósticos erráticos por falta de preparación y práctica clínica; lo vemos en la incapacidad de muchos jóvenes de redactar un reporte en el que se analicen datos realmente con criterio, o en la bajísima tolerancia a la frustración de quienes abandonan un empleo a las dos semanas, porque descubrieron que la maestría requiere constancia, repetición y disciplina, ingredientes que suelen contraponerse con la ansiedad y poca paciencia que ello les genera.

Nos acostumbramos a consumir la realidad en cápsulas digeridas y extrapolamos esa misma lógica a la vida profesional. Se instauró la idea de que cualquier proceso formativo largo es una pérdida de tiempo, frente a la promesa del atajo digital.  Queremos el estatus del experto, sin pasar por las horas de estudio y el rendimiento financiero de una empresa consolidada, sin asumir la curva de aprendizaje.

Entonces, ¿la posmodernidad nos ha ido carcomiendo el cerebro o es solo un caso de ambición mal encauzada? Y ojo: esto no es una cruzada contra las plataformas digitales o las redes sociales. Yo misma amo TikTok y lo uso muchísimo para buscar referencias, tendencias, hasta recetas de cocina.

La herramienta no es el enemigo; el problema somos nosotros cuando nos quedamos con el primer video de 60 segundos que nos aparece y asumimos que ya somos expertos en finanzas, marketing o medicina y peor aún, nuestra mayor aspiración es monetizar con ese conocimiento “mocho”. Confundimos el acceso a la información con la adquisición de criterio: creemos que ver cómo se hace algo equivale a saber ejecutarlo bajo presión, ignorando que el oficio se forja en el error y la repetición metódica, no en la simulación estética de saberlo todo.

Una sociedad funcional no puede sostenerse únicamente de tutoriales exprés e influencers. Necesitamos médicos brillantes, ingenieros rigurosos, docentes con vocación y ejecutivos capaces de dirigir una empresa. La economía requiere roles diversos, y ser un excelente empleado o un profesional técnico de alto nivel, esto debería ser motivo de orgullo, no un premio de consolación.

Pero seamos honestos: con el panorama actual, el incentivo económico deja muy pocas ganas de recorrer ese camino de verdadero sacrificio. Resulta indignante que profesionistas con maestría o doctorado apenas logren arañar la clase media, mientras el mercado recompensa la estridencia digital. La trampa del sistema es precisamente esa: precarizar el conocimiento y luego sorprenderse de que nadie quiera estudiar.

Desmitificar el «emprendimiento mágico», usar las redes con sentido crítico y devolverle el valor al estudio y al rigor no es un capricho nostálgico: es la clave para evitar que nos quedemos, literalmente, en manos del primer tutorial que nos arroje el algoritmo.

ESTA COLUMNA ES RESPONSABILIDAD DE QUIEN ESCRIBE

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