Por: Consuelo Contreras
La estética del embargo: la factura final de la fantasía fiscal
Hace un par de días llegué a casa después de una jornada larga y lo primero que veo es una “revistita” de vil papel revolución —ya verán más adelante la ironía — tirada en el piso de mi cochera. En la portada, la H. Presidenta sosteniendo unas mazorcas con un puntillismo que lo primero en que me hizo pensar fue en el tipo de diseño gráfico del constructivismo ruso. Y no lo digo yo como una ocurrencia estética; lo grita la teoría gráfica.
Ahí tienen el uso de la trama de semitono (halftone) en el rostro procesado con puntos que emulan la impresión industrial de los periódicos de Aleksandr Rodchenko y Varvara Stepánova; la composición “heroica” con la mirada en diagonal perdida en el horizonte, cuál salvador de la humanidad; las líneas geométricas de fondo, y una paleta de tonos industriales con bloques tipográficos estructurados. Una auténtica joya de la propaganda bolchevique tropicalizada y pagada con nuestros impuestos, claramente.
Mi segundo pensamiento fue: ¿cuánto habrá costado imprimir millones de esos panfletos? Habiendo miles de otros usos más productivos para ese dinero. Y obvio, la abres y es un catálogo de autocomplacencia. Te venden un país de fantasía donde el salario mínimo crece exponencialmente, el desempleo es una broma estadística y la inversión extranjera rompe récords históricos.
Pero hay un silencio absoluto en ese papel impreso a color sobre el elefante rosa en la habitación: en los registros oficiales de la Secretaría de Hacienda, la deuda pública ha escalado a su nivel más alto desde los años noventa, rebasando los 19 billones de pesos en su medida más amplia.
La narrativa oficial vende un milagro económico mientras el sótano de las finanzas públicas se viene abajo. No hay que rascarle mucho para entender de dónde sale el dinero que alimenta esta realidad paralela.
El folleto presume con un cinismo que impresiona, que un billón de pesos —así, con todas sus letras— se quema anualmente en repartir transferencias directas a 42 millones de mexicanos a través de los famosos programas del bienestar. Dicho sin tapujos: la mitad de la población adulta del país está metida en la nómina de la limosna institucional. Esto no es política social; es la compra a plazos vencidos de una lealtad electoral insostenible.
Regalar el dinero que no se tiene destruye el margen fiscal del Estado, obliga a endeudar a las futuras generaciones y seca la poca liquidez que debería destinarse a infraestructura productiva o salud de calidad. Están hipotecando el futuro del país para financiar una fiesta populista que ya dio todo lo que podía dar. Y como la chequera gubernamental no tiene fondo, la desesperación fiscal comienza a inventar figuras jurídicas y tributarias.
Ante la incapacidad de recortar el gasto público o de incentivar el crecimiento real del aparato productivo, el gobierno recurre al atraco cotidiano. Ahí está el intento de instaurar nuevos gravámenes a la digitalización, como el ridículo impuesto a computadoras, teléfonos celulares y cualquier dispositivo capaz de almacenar información, so pretexto de la «compensación por copia privada».
Ahora resulta que todos los ciudadanos somos delincuentes en potencia y nos cobrarán por adelantado el derecho de «piratear» o almacenar contenido protegido, sin importar, si usas tu computadora exclusivamente para trabajar en Excel o para dar clases en línea. Es la desesperación fiscal llevada al absurdo: raspar hasta el fondo del bolsillo tecnológico, porque las fuentes tradicionales de ingresos ya no alcanzan para tapar el boquete del déficit.
Está de más decir que el país necesita una verdadera y congruente reforma fiscal. Pero el verdadero drama financiero no es solo el tamaño de la deuda actual, sino la bomba de tiempo demográfica contra la que estamos corriendo sin frenos. Por un lado, como lo he comentado anteriormente, el mercado laboral ofrece condiciones tan deplorables y un costo de vida tan asfixiante que la generación millennial ha optado, de manera lógica y silenciosa, por no tener hijos o tener los menos; la gente apenas puede mantenerse a sí misma como para asumir el costo de criar una familia.
Por el otro, el padrón de pensionados y beneficiarios del Estado crece de manera exponencial. La ecuación es aritmética y letal: en unos cuantos años no habrá suficiente base trabajadora ni cotizantes formales para seguir subsidiando el monstruoso aparato de pensiones y subsidios que hoy se presume como un logro.
Están destruyendo la base de la pirámide demográfica para mantener una ilusión insostenible en el presente. Mientras tanto, los mercados y las calificadoras internacionales observan el deterioro con lupa. La nota soberana de México camina peligrosamente sobre la cuerda floja, a un solo peldaño de perder el grado de inversión.
Nos han querido hacer creer que las evaluaciones de agencias como Fitch son discusiones abstractas entre tecnócratas de Wall Street que no afectan al ciudadano común, pero la realidad es diametralmente opuesta. Si la indisciplina fiscal desboca la calificación crediticia, el costo de financiamiento del propio Estado se dispara, la inversión privada huye despavorida, los créditos hipotecarios y automotrices se encarecen y el poder adquisitivo se evapora aún más rápido.
La factura de la irresponsabilidad gubernamental nunca la pagan los políticos en el poder; la paga la gente de a pie, con inflaciones disfrazadas, tasas de interés restrictivas y una economía que se estanca.
A este coctel de insolvencia macroeconómica se suma el escenario micro: vivimos actualmente en una sociedad donde todo el mundo está endeudado hasta el cuello porque las Fintech, las Sofipos y veinte mil tarjetas de crédito que salen hasta por debajo de las piedras, ofrecen plásticos casi a cualquiera. Aunque los límites no sean estratosféricos, al final es dinero que la gente sencillamente no tiene y que, tarde o temprano, deja de pagar.
El endeudamiento popular exprés es el espejo de un modelo donde el ingreso real no alcanza para sobrevivir, convirtiendo el crédito fácil en un curita para una hemorragia sistémica. La “revistita” que llegó al buzón de millones de mexicanos miente no solo por lo que dice, sino por omisión deliberada bajo capas de diseño moderno y propaganda barata.
El país no se está transformando; se está consumiendo a crédito, exprimiendo a una clase media cada vez más reducida y castigando a los sectores productivos para mantener a burocracias y clientelas electorales.
Lo verdaderamente trágico no es la deuda monumental que esta administración le heredará a la historia económica de México, sino el nivel de cinismo con el que se pretende tapar el sol con un dedo impreso a color.
Nos gobiernan con la complacencia de quien sabe que la cuenta final llegará cuando ya no estén en las sillas, dejando un país hipotecado y a una generación entera pagando los platos rotos de una fiesta a la que jamás la invitaron.
ESTA COLUMNA ES RESPONSABILIAD DE QUIEN LA ESCRIBE.


Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!