• El dúo que hacían Odiseo Bichir y Ernesto D’Alessio en esta era bastante bueno.
  • Rápidamente todos llenan la sala con aplausos hacia Rafael Perrin.

Farid Ojeda / Torreón, Coahuila.

Cuando vi por primera vez en redes sociales el anuncio de que una obra de teatro hecha por el mismo que creó “La Dama de Negro” llegaría a Torreón, y que él iba a protagonizarla, supe inmediatamente que tenía que ir a verlo.

El mero hecho de que fuese creado por él mismo hombre de: “La Dama de Negro”, llamó mi atención, ya que el año pasado fui a ver dicha obra en el Teatro Nazas, el mismo en donde se realizaría Esquizofrenia, y se volvería en mi obra de teatro favorita.

El dúo que hacían Odiseo Bichir y Ernesto D’Alessio en esta era bastante bueno, el más joven lo podía describir como bastante histriónico, y Odiseo transmitía magistralmente el nerviosismo, temor y timidez de su personaje. Además de que el trabajo del audio, iluminación y escenario era simplemente excelente. Con lo sencillo pero intenso que fue su historia, más todo lo que ya mencioné, salí bastante encantado con lo que presencié, y quería ver si Rafael Perrin podía repetir esa sensación en su siguiente obra.

La obra en cuestión tendría una única función iba a ser a las 8:30 de la noche, sin contar claramente las llamadas o el tiempo extra que dan para que lleguen los demás espectadores.

Llegue al Teatro Nazas, junto con mi papá alrededor de las ocho, fuimos a buscar nuestros asientos que estaban en la parte de arriba, y algo que me resultó curioso era que había una gran cortina color gris oscuro, cubriendo el área de los asientos más alejados al escenario, cosa que según me acuerdo en La Dama de Negro no estaba.

Supongo que como no había razón para que la gente comprase asientos en esa parte de la sala lo pusieron. Ya entrando a la obra, el escenario al igual que en La Dama de Negro era muy simple, pero con más cosas al principio. Un escritorio lleno de cosas como plumas, una libreta y algún que otro accesorio, un estandarte o escudo de un club o grupo universitario y el más destacable, un pizarrón verde que tenía escrito en cursiva y con gis la palabra: “Esquizofrenia”.

Al principio de la obra, el personaje de Rafael Perrin, que era un profesor universitario de la década de 1910 o 1920, se presentaba ante el público como si fuésemos sus alumnos. Rápidamente se nos da el contexto de la historia: nosotros, el público, somos alumnos en un seminario que imparte este profesor inglés donde nos cuenta sobre en qué consiste la esquizofrenia, cómo afecta al individuo que lo padece, entre otras cosas. Un detalle que se me quedó de esta charla es que Rafael menciona que los esquizofrénicos reviven el mismo día previo a su quiebre mental una y otra vez por el resto de sus vidas. No hay futuro alguno para ellos, solo el presente.

Lo que arranca la historia es que el profesor cuenta que, en su búsqueda por encontrar una cura para esta condición, decidió internarse a sí mismo en un hospital psiquiátrico en donde muchos pacientes con esta enfermedad residen, para encontrar aquello que lograra darle la respuesta. Por eso menciona que muchos ya lo daban por muerto pues esto lo hizo de manera confidencial, ósea que solo unos pocos cercanos sabían de esto.

 Lo ayudaron un enfermero y un doctor o secretario para meterse como otro paciente con esquizofrenia y cada tanto le daba a escondidas al enfermero sus notas, sobre lo que iba descubriendo sobre esta enfermedad.

Durante su estadía recuerda lo triste que era ver a aquellos individuos con la mente totalmente destruida y de comportamiento extraño, destacando a uno que solía conversar siempre con un amigo que se sentaba en la misma silla todos los días. Con el detalle de que dicho amigo no existía, era pura imaginación suya. Y cuando el profesor quería interactuar con aquel tipo, sus interacciones eran inconexas y erráticas al tratar de congeniar con él y su amigo.

Las habitaciones del lugar consistía de unas blancas y amortiguadas paredes, una sencilla cama y una ventana con barrotes que se encontraba bastante arriba de la pared. Ya saben, la imagen típica que vemos de un cuarto para gente loca en centros psiquiátricos en varias series, películas y relatos. Sin embargo, lo que más recordaría de aquella habitación de apariencia deprimente era una simple gotera. Durante toda su estadía, podía oír a cada momento aquella gotera que nunca se arreglaría.

Aquí es donde el apartado sonoro llega a destacar, porque a lo largo de esta obra se escuchan murmullos cuando cuenta su entrada al manicomio, ruidos de cadenas al detallar como muchos pacientes estaban encadenados como una forma de evitar lastimar a los demás, y mientras más progresa la historia se vuelven más potentes cuando la cordura del profesor se termina quebrando. Esto potencia varios momentos haciéndote vivir la terrible situación por la que está pasando.

Pero el efecto que resulta más aterrador y constante es nada más y nada menos, que el de aquel goteo de su habitación. Luego de que se nos contara ese detalle, ese sonido se queda durante buena parte de la obra. Lo que, junto con el detalle de un supuesto humo con un componente hecho por el profesor que provoca que quien lo huela experimente lo que es la esquizofrenia, hace que dudes si acaso tú, el estudiante, se está imaginando este ruido o si aquel humo está empezando a actuar en tu cerebro.

Regresando a la historia, el profesor termina alternando entre sus vivencias en aquel manicomio y sus pensamientos a lo largo de los días. Y entre más pasaban los días su percepción de lo real y lo imaginario se termina diluyendo cada vez más, algo parecido a lo que le pasa a la protagonista de Perfect Blue. En un momento te puede andar contando de un calabozo que tenían para los pacientes más graves y de lo pequeño y oscuro que era, para luego revivir uno de sus episodios de locura donde varias voces suyas, o de entidades que residen en su cabeza, alzaban la voz mientras recordaba con nostalgia a su mamá y su niñez.

La situación del profesor termina poniéndose peor, pues no solo parece que ya estaba desarrollando la enfermedad que andaba investigando, sino que las únicas personas que sabían la verdad de su estadía se fueron. El director del manicomio murió de repente por un paro cardiaco, si mal no recuerdo, y el enfermero fue trasladado a otra institución sin poder lograr que sus compañeros le creyeran sobre que el profesor fingía estar enfermo, ya que pensaron que lo decía porque le había agarrado cierta lastima por él.  

A partir de aquí, cualquier coherencia con los futuros sucesos se desvanece. Ahora, con una vestimenta bastante descuidada, una forma de hablar entorpecida, que se asemeja a la que tendría una persona mayor con demencia y que contrasta bastante con la apariencia pulcra y propia de un maestro, junto con lo mencionado anteriormente hemos presenciado en vivo los efectos fatales de la esquizofrenia.

En el final, el profesor le habla de manera desesperada al nuevo encargado del manicomio que él realmente no estaba loco, que solo quería investigar sobre esta enfermedad, que le preguntara a aquel enfermero para poder así salir de aquel lugar.

Pero entonces el director le cuenta que aquel sujeto había sido asesinado, y que el responsable era nadie más que el mismo profesor. Él claramente lo niega, pero el director reafirma lo que dijo y termina contando que el maestro nunca va a salir de aquí.

La última escena es una locura. El profesor vuelve a repetir el principio de la obra, saludando al público y explicando de que va a tratar su conferencia, pero con el detalle de la apariencia desgastada que ahora tiene. Reafirmando así lo que había dicho de que los esquizofrénicos reviven el mismo día previo a su locura una y otra vez. Él se da cuenta de ello y termina por quebrarse. Y entonces…

Terminamos descubriendo que todo este tiempo el profesor jamás salió del manicomio, ahora reside en aquel horrible calabozo donde muchos pacientes han sido olvidados hasta sus últimos días. Nunca fuimos alumnos asistiendo a una conferencia, somos doctores que estamos estudiándolo y observándolo a través de una ventana. Todo fue producto de su mente trastornada. Él va a fallecer ahí, pero antes de que esto suceda, decide compartirnos lo que ha estado buscando por mucho tiempo: la cura para la esquizofrenia. Un montón de palabras y rayones sin orden ni sentido que había estado escribiendo en la pared. Con esto se da por concluida la obra.

Rápidamente todos llenan la sala con aplausos hacia Rafael Perrin, al equipo responsable del audio y de la iluminación, a todos los que hicieron que esta historia cobrara vida. El actor da una plática sobre la labor que conlleva hacer este tipo de obras con su equipo y al final cuenta que planea llevar próximamente su nueva historia

“Conversando con el diablo”, que marca el regreso de Ernesto Laguardia a la industria del teatro. Posiblemente la vaya a ver cuándo sepa cuando será la función, porque genuinamente sus historias me encantan y espero que siga trayendo más en los siguientes años.

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *