• Omar Ramón González destaca el valor del cine artesanal para preservar historias mexicanas que habitualmente quedan fuera de la cartelera comercial.
  • A pesar de los avances digitales, Ramón resalta que la creatividad y la dedicación son el verdadero motor del cine más allá del equipo o los recursos disponibles.

Bárbara González / Torreón, Coahuila.

Entre el aroma de los rollos de película, el murmullo de los cables y las negruras proyectadas de las memorias que parecen cobrar vida, Omar Ramón González de 51 años, compartió su visión sobre el valor del cine artesanal y la taumaturgia de mantener viva la experiencia colectiva del séptimo arte.

 La entrevista se llevó a cabo el 19 de octubre de 2025, en el marco de las actividades del Cine Club Itinerante, ubicado en Calle Chihuahua 598, La Lomita, Centro, Lerdo, Durango. Dónde González reflexionó sobre el pasado y el presente del cine mexicano, la evolución tecnológica y el papel que juega la pasión frente a los recursos limitados.

La charla se dio tras la proyección del documental Tutti Frutti, el templo del underground, una cinta que rescata la memoria de una generación de artistas independientes y su influencia en la contracultura audiovisual. “Fue muy bonito ver cómo el público reaccionaba. La gente necesita recordar que el cine también puede ser memoria y resistencia”, comentó.

Para González, proyectos como el Cine Club Itinerante son fundamentales para mantener vivo el diálogo entre creadores y espectadores, sobre todo en un contexto donde la distribución y exhibición de cine independiente sigue siendo un reto. “Hoy el desafío no es solo filmar, sino lograr que la película llegue al público. Espacios como estos permiten que las historias encuentren un lugar”, afirmó.

Del análogo a la digital, como la nostalgia por la imagen revelada

El cineasta recordó los años en que poseer una cámara era casi un acto de prestigio y descubrimiento. “Antes tomabas una foto y tenías que confiar en que saliera bien; revelarla era un acto de fe. Hoy tomas cien y borras noventa”, comentó entre risas.
Su familia, contó, guardaba una tradición de grabar momentos cotidianos en cintas caseras, una práctica que le despertó la fascinación por las imágenes en movimiento: “Mi tío filmaba a todas mis primas y luego proyectaba las películas en casa. Verte en una pantalla era un acontecimiento, era magia pura”.

González también habló sobre la transición hacia lo digital, destacando el potencial creativo de las nuevas tecnologías. “He visto comerciales y películas hechas con iPhones que ganan premios internacionales. Pero lo importante no es la cámara, sino la mirada. La cámara no hace al cineasta”.

Recordó sus primeras experiencias grabando en VHS, cámaras Bólex y Arriflex, revelando rollos manualmente o editando con programas pioneros, antes del auge del cine digital. “En mis tiempos, hacer cine era tener muchas ganas, con lo que fuera como: juguetes, basura o lo que tuvieras, el límite era tu imaginación”.

El sonido, el gran combate del cine mexicano

Con un tono entre crítico y humorístico, González abordó uno de los mayores desafíos del cine nacional, el audio. “Lo peor que puede pasarle a una película mexicana no es que se vea borrosa, sino que se escuche mal, eso siempre ha sido nuestro talón de Aquiles”, afirmó.

Recordó que en sus años de formación los estudiantes debían ingeniárselas para construir sus propias herramientas: “Hacíamos booms con escobas y cinturones piteados, pues lo importante era resolver”.

También explicó que muchos errores técnicos se pueden evitar con paciencia y oficio “Hay veces que hemos repetido una toma 50 veces hasta que quede bien. Decir ‘lo arreglo en post’ es el peor error. El cine se hace en el set, no en la computadora”.

Un arte de anti-conformidad de ingenio y verdad

Entre ilustraciones y lecciones técnicas, Omar Ramón González argumenta que la esencia del cine está en la sencillez y la autenticidad. “Hazlo bien desde la primera toma. Si algo no funciona, quítalo. El cine no necesita adornos, necesita verdad”.

El realizador cerró su intervención con una reflexión que resume su filosofía de trabajo: “El cine, como la vida, se trata de observar, esperar el momento justo y tener el valor de apretar el botón”.

Con el Cine Club Itinerante, González continúa compartiendo esa mirada artesanal y apasionada por el cine, llevando historias, reflexiones y películas a distintos espacios de la región, recordando que el cine sigue siendo ante todo un monopolio.

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